Castro Celta del Collado del Freillo (El Raso)
Los Vetones descollaron entre los diferentes pobladores prerromanos de nuestra península que la historia agrupa bajo el denominador común de culturas celtas por la avanzada organización de su estructura social.
Eran gentes dedicadas prioritariamente a la actividad ganadera y mostraban predilección por las laderas montañosas escarpadas para organizar la defensa de su ciudad. Cerca de la localidad de El Raso, a tres kilómetros de distancia en dirección Norte, encontramos un excelente vestigio de su presencia en tierras serranas entre los siglos III a I a de C. La romanización puso fin a su protagonismo antropológico. Una ciudad que se extendía sobre más de veinte hectáreas de ladera granítica y se cerraba con una muralla de casi dos kilómetros de longitud levantada para la protección de los flancos más vulnerables de la urbe ha sido primorosamente rescatada del olvido.
Ciudad amurallada, necrópolis y templo forman, en esencia, el interesante conjunto arqueológico. Junto a los vallados de protección de la restauración arqueológica diversos paneles informativos nos instruyen sobre múltiples aspectos relativos a su organización social y a su ambiente histórico. Conoceremos, así, que cimentaban sus casas con un zócalo de mampuesto de granito compactado con barro, sobre el que elevaba paredes de tapial, en las que intercalaban pies derechos de madera. Para su cobertura se depositaban ramas sobre el entramado de vigas de madera que sujetaba la techumbre. Nada demasiado diferente de lo que más de veinte siglos después continuaba rigiendo la pauta arquitectónica de los habitantes de estas tierras. La casa, de una sola planta, disponía de porche abierto y cubierto, con bancos adosados, en el que se desarrollaba la vida familiar, generalmente al aire libre. Una estancia que operaba como vestíbulo hacía las veces de almacén de grano y leña, y precedía a la cocina, estancia principal del inmueble que servía de dormitorio familiar. En su centro se instalaba el hogar, en torno al cual de construía un banco que recorría la pared a lo largo de todo el perímetro de la habitación. La despensa se instalaba en una estancia contigua, y en ella se apilaban vasijas con provisiones alimenticias. El corral anejo, en el que se recogía el ganado, completaba la estructura doméstica. La ciudad contaba con algunas instalaciones comunales, que aprovisionaban de cobre para la confección de adornos personales y otros metales y útiles diversos para la actividad económica de los moradores del poblado. Una restauración impecable, en suma, que nos permite reconstruir idealmente diferentes pasajes de la vida de los primitivos pobladores del entorno de la Sierra de Gredos.
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